Como pasa con India, China es un continente que la única forma de conocerlo en profundidad es hacerlo por regiones. En esta ocasión nos ha tocado Sichuan, al suroeste del país. No hace frontera con ningún país, pero al oeste está la región autónoma del Tibet.

Solo por hacernos una idea, Sichuan tiene más de 90 millones de habitantes y una superficie igual a la de España.
Viajar por esta provincia ha sido una experiencia fascinante: una región que mezcla paisajes de ensueño, cultura milenaria, ciudades vibrantes y, por supuesto, la mejor gastronomía picante de China.
Lo que empezó en Chengdu terminó convirtiéndose en un recorrido lleno de contrastes: desde pandas adorables hasta valles mágicos de aguas turquesa, pasando por esculturas talladas en piedra y ciudades modernas que nunca duermen.
Chengdu: el corazón tranquilo de Sichuan
La primera parada fue Chengdu (en vuelo directo desde Madrid con Air Sichuan), una ciudad que vibra a otro ritmo.

Aquí el tiempo parece fluir con calma, como el té que sirven en los jardines y que degustarlo mientras escuchábamos una ópera tradicional fue un momento inolvidable.

Y en el paseo por el parque nos hizo mucha gracia el «Tinder» chino: los chicos y las chicas que buscan parejas se anuncian en carteles azules y rosas.

Por la noche, nos perdimos entre los callejones de Jinli y Kuanzhai Alley, probando brochetas picantes y el famoso hot pot que hace sudar pero también sonreír.
Leshan: el Buda que mira al río
A 150 km al sur de Chendu fuimos a conocer el Gran Buda de Leshan, una estatua monumental tallada en la roca hace más de 1.200 años.
Con sus más de 70 metros de altura, es la figura de Buda más grande del mundo. Es la imagen de serenidad que contempla el cruce de tres ríos.

Descender por las escaleras que bordean la escultura y verlo desde la base fue una experiencia sobrecogedora: uno se siente diminuto frente a la inmensidad del arte y la espiritualidad de la antigua China.
Dujiangyan: la sabiduría de la antigüedad
A una corta distancia de Chengdu, se encuentra Dujiangyan, un lugar que nos sorprendió por su legado histórico y sus dos patrimonios de la Humanidad.
El sistema de riego de más de 2.000 años aún funciona y sostiene la fertilidad del valle. Caminar por sus puentes colgantes y templos, rodeado de montañas verdes, fue un recordatorio de cómo el ingenio humano puede convivir en armonía con la naturaleza.

También aquí visitamos una reserva de Pandas. Llovía mucho y la visita fue un poco decepcionante porque solo vimos pandas dentro de las casas que tienen construidas para ellos.

Huanglong: la montaña pintada de turquesa
Desde Chengdu nos fuimos en tren hacia la montaña.
Empezamos en Huanglong, un rincón que parece sacado de otro planeta. Subimos en teleférico, y bajamos andando (más de 4 km de escaleras!). También se podía haber vuelto a bajar en teleférico pero nos habríamos perdido lugares preciosos.

Sus piscinas naturales de travertino, en tonos azules y verdes, forman terrazas. Cada paso era una postal perfecta. Aquí la altura se siente, pero también la magia de estar en uno de los paisajes más bellos de China.

Jiuzhaigou: el paraíso en la Tierra
Si Huanglong es mágico, Jiuzhaigou es puro ensueño. Este valle, declarado Patrimonio de la Humanidad, combina lagos de colores intensos, cascadas que caen como velos de seda y bosques que cambian de tonalidad con las estaciones.

Recorrer sus senderos fue como entrar en un mundo de fantasía: en cada curva, un lago; en cada silencio, el murmullo del agua.

Es una valle que se conoce también como el de las nueve aldeas tibetanas. Dimos un bonito paseo por una de ellas.

Dazu: la fe tallada en piedra
En tren desde la montaña fuimos hacia Chongquing y a una hora y media de viaje nuestra primera parada fue Dazu, un rincón donde la piedra habla.
No son piedras cualquiera: son paredes enteras talladas hace casi mil años, guardianes de historias budistas, taoístas y confucianas que han resistido siglos de lluvia y viento.

Aunque hay varios enclaves para visitar, nosotros solo fuimos a Baodingshan. En medio de un cañón estrecho se abre un auténtico teatro de piedra. Más de diez mil figuras narran escenas de devoción, enseñanzas morales y episodios cotidianos de la dinastía Song. Frente al imponente Buda Reclinado, de treinta metros, uno siente que el tiempo se detiene.

Un poco más adelante, la Guanyin de los Mil Brazos, con sus manos extendidas como abanicos de compasión, guarda una espiritualidad que trasciende credos.

Creo que es de los sitios más impresionantes que he conocido en mi vida.
Chongqing: la ciudad entre ríos y montañas
El viaje terminó en Chongqing, una ciudad vibrante y caótica que contrasta con la serenidad de los paisajes anteriores.

De noche, la urbe se ilumina como un río de luces sobre el Yangtsé, y las calles empinadas parecen un laberinto que nunca se acaba. Aquí probamos el auténtico hot pot chongqingnés, aún más picante que en Chengdu.

Este viaje por Sichuan fue un mosaico de emociones: ternura con los pandas, asombro frente a los paisajes de Huanglong y Jiuzhaigou, admiración en Dujiangyan, respeto en Dazu y adrenalina en Chongqing. Una ruta que combina naturaleza, historia y gastronomía como pocas en el mundo.