Viajar a Tanzania: un viaje a la esencia de la vida

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Nunca había sentido un silencio tan intenso. El globo flotaba sobre la inmensidad del Serengeti mientras el sol comenzaba a iluminar la sabana. Debajo de nosotras, jirafas, elefantes y miles de ñus despertaban ajenos a nuestra presencia. En ese instante entendí por qué dicen que África no se visita: África se vive.

 

Tras Omán y Corea del Sur, mi hija y yo elegimos como siguiente destino un continente del que, como viajeras, apenas conocíamos nada: África. Sin contar el norte del continente, mi única experiencia había sido muchos años antes, en Burkina Faso, durante una visita a proyectos de Intermón Oxfam.

Hay viajes que te regalan paisajes. Otros, experiencias. Y luego están aquellos que cambian la forma en la que miras el mundo. Tanzania pertenece a esta última categoría.

Su inmensidad, su naturaleza salvaje y la fuerza de sus culturas convierten el viaje en algo mucho más profundo que una sucesión de safaris. Es un lugar donde uno recuerda que la naturaleza sigue siendo la auténtica protagonista.

 

Arusha y Mto Wa Mbu: primer contacto con África

Nuestra aventura comenzó en Arusha, la puerta de entrada a los grandes parques nacionales del norte de Tanzania. Allí pasamos nuestra primera noche antes de emprender camino hacia el Gran Valle del Rift.

 

La primera parada fue Mto Wa Mbu, un pequeño pueblo lleno de vida donde conviven decenas de etnias diferentes.

Recorrerlo en bicicleta fue una de las mejores formas de empezar a entender el país. Pedaleamos entre plantaciones de plátanos, arrozales, talleres de artesanos y mercados locales mientras la vida transcurría con absoluta naturalidad a nuestro alrededor.

Probamos una «peculiar» cerveza casera  y compartimos un almuerzo tradicional preparado por la comunidad. Allí empezamos a comprender cuál sería el verdadero hilo conductor del viaje: el contacto con la gente y con una forma de vivir mucho más sencilla y cercana a la tierra.

 

El Cráter del Ngorongoro: un Edén perdido

 

Pocas veces un lugar supera las expectativas como lo hace el cráter del Ngorongoro.

Hace millones de años un gigantesco volcán colapsó sobre sí mismo, creando una caldera de más de veinte kilómetros de diámetro y cerca de ochocientos metros de profundidad. Hoy ese inmenso anfiteatro natural alberga uno de los ecosistemas más extraordinarios del planeta.

Descender por la sinuosa pista hasta el fondo del cráter ya resulta emocionante, pero una vez abajo la sensación es la de haber entrado en un mundo aparte.

Elefantes, búfalos, leones, cebras, ñus, gacelas, hienas, chacales, hipopótamos y miles de flamencos conviven en un espacio relativamente reducido.

Ngorongoro es además uno de los pocos lugares donde todavía puede verse al rinoceronte negro, aunque encontrarlo requiere bastante suerte. Los leopardos, como casi siempre en África, continúan siendo los grandes maestros del escondite.

Además, flamencos rosados tapizan sus lagos, hienas merodean en busca de presas y las cebras se desplazan en manadas interminables.

 

Hacer un picnic junto a uno de sus lagos, rodeados de animales salvajes, fue uno de esos momentos que recuerdan lo extraordinario que sigue siendo nuestro planeta.

 

Encuentro con un poblado masái

En el viaje que nos llevaba hacia el Serengeti hicimos una parada en un poblado masai.

Es cierto que se tiene la sensación de que no estás viendo algo auténtico, que nos están esperando para hacernos un recibimiento preparadísimo, pero aún así merece mucho la pena ver como viven.

Comprender cómo vive este pueblo seminómada, conocer sus viviendas construidas con barro y estiércol, ver sus danzas tradicionales o escuchar cómo organizan su vida en torno al ganado ayuda a entender una cultura que ha sabido conservar gran parte de su identidad pese a los cambios del mundo moderno.

Y, además, el turismo supone una fuente de ingresos fundamental para muchas de estas comunidades.

Conversar con ellos es descubrir otra forma de relacionarse con la naturaleza: un modo de vida basado en la ganadería, la comunidad y el respeto al territorio.

 

El Serengeti: donde Africa se vuelve infinita

 

Si existe un lugar que representa la esencia del continente africano, ese es el Serengeti.

Su nombre significa «llanura infinita» y basta contemplar el horizonte para comprender el motivo.

Lo que más impresiona no son los animales, sino el espacio. Puedes conducir durante una hora sin ver una sola construcción humana. Solo hierba, acacias solitarias y un horizonte que parece no terminar nunca. Es imposible no sentirse pequeño.

Los días empiezan muy temprano. Antes del amanecer ya estás dentro del todoterreno, con una taza de café todavía caliente entre las manos y una manta sobre las piernas para combatir el frío de la mañana. Las primeras horas del día son las mejores para encontrar depredadores activos y ver cómo la sabana despierta lentamente.

Los safaris aquí son una sucesión constante de escenas que parecen extraídas de un documental de National Geographic. Leones descansando sobre los kopjes, elefantes cruzando lentamente la sabana con sus crías, jirafas avanzando con una elegancia imposible, hipopótamos refugiados en pequeñas lagunas…

Y llega un momento en el que uno termina diciendo algo impensable antes del viaje: «Otra manada de cebras». Porque las hay por miles. Igual que ñus o jirafas.

Aunque nosotras no tuvimos la suerte de verlo, El Serengeti es hogar de uno de los mayores espectáculos naturales del planeta: la Gran Migración, Más de un millón y medio de ñus, junto a cientos de miles de cebras y gacelas, recorren cerca de mil kilómetros cada año siguiendo las lluvias.

En el río Mara les esperan enormes cocodrilos del Nilo y, en la orilla, leones y hienas. Es uno de los mayores espectáculos de supervivencia de la naturaleza. Y verlo en directo una magnífica excusa para volver.

 

Dormir en un camp en plena sabana

 

Hay quién prefiere la comodidad de los hoteles más tradicionales, pero pasar la noche en un camp dentro del Serengeti añade otra dimensión al viaje.

Pasamos dos noches en un camp, sin ningún tipo de vallado. Una vez que se pone el sol, para ir y volver de recepción nos tenían que acompañar personas del hotel armadas con rifles; no hay enchufes en las habitaciones; para darnos una ducha teníamos que llamar para que nos llenasen un tanque de agua; solo había wifi en recepción….

Pero cuando cae la noche y se apagan las luces, el sonido de la naturaleza se convierte en la mejor banda sonora: hienas que se escuchan a lo lejos, el rugido de un león que resuena en la oscuridad, el crujir de la hierba bajo el paso de un elefante cercano. Es una mezcla de respeto y fascinación, de vulnerabilidad y plenitud. Esa sensación de estar en medio de algo mucho más grande que uno mismo.

Nunca había visto un cielo con tantas estrellas. Sin contaminación lumínica, la Vía Láctea parecía una nube atravesando el firmamento. Entiendes por qué durante miles de años el ser humano miró al cielo para orientarse.

Faltaba Robert Redford, pero me pareció lo más cercano a Memorias de Africa.

 

Volar en globo al amanecer

 

Y al amanecer, cuando el cielo aún se tiñe de tonos violetas y anaranjados, llega otra de las experiencias que definen este viaje: volar en globo sobre el Serengeti.

Flotar en silencio, mientras el sol aparece lentamente sobre la llanura infinita, y ver cómo la sabana despierta desde las alturas, es una imagen que queda grabada para siempre.

Manadas de ñus, jirafas avanzando con elegancia, hipopótamos regresando al agua… todo desde una perspectiva única que ningún safari en tierra puede ofrecer.

 

El contraste final: Zanzíbar

 

Después de días intensos de polvo, pista y horizontes infinitos, llega el momento de cambiar de escenario. Un vuelo ligero sobrevolando el Serengeti y el Ngorongoro ofrece la última postal aérea de la sabana antes de aterrizar en Zanzíbar.

Esta isla en el Índico combina historia, cultura y playas que parecen irreales. Para nosotras fue solo mar, gastronomía y playa; playas de arena blanca, aguas turquesa y la calma que contrasta con la intensidad del safari. Aquí el tiempo se diluye entre paseos en dhow (las embarcaciones tradicionales), buceo en arrecifes de coral, o simplemente dejarse llevar por la tranquilidad de la isla.

 

Tanzania: un viaje transformador

 

Mucha gente piensa que viaja a Tanzania para ver leones, elefantes o jirafas.

Nosotros también lo creíamos.

Pero al volver entendimos que esos animales son solo el escenario de algo mucho más profundo.

Lo que realmente te llevas es la sensación de haber contemplado un mundo que sigue funcionando con sus propias reglas, donde el ser humano deja de ser el protagonista.

Quizá por eso África deja tanta huella. Porque durante unos días te recuerda cuál es tu verdadero lugar dentro de la naturaleza.

Y algunos consejos prácticos. La mejor época para viajar a Tanzania depende mucho de lo que busques:

Estación seca (junio a octubre)

  • Es la temporada más recomendada para hacer safaris.
  • Los animales se concentran en charcas y ríos, lo que facilita mucho su observación.
  • El clima es más fresco y hay menos mosquitos.
  • Es también cuando se pueden ver con claridad los paisajes del Serengeti y Ngorongoro.
  • Alta demanda: es la época más popular, por lo que conviene reservar con antelación.

Estación verde (noviembre a marzo)

  • Tras las lluvias cortas, el paisaje se vuelve más verde y espectacular.
  • Es la mejor época para ver aves migratorias y para la temporada de partos de los ñus en el sur del Serengeti (diciembre a febrero).
  • El número de turistas es menor, lo que da una experiencia más tranquila.
  • El clima es más cálido y húmedo.

Lluvias largas (abril y mayo)

  • Es la época menos recomendable para safari: algunas carreteras y lodges cierran.
  • Sin embargo, los precios suelen bajar y los paisajes están en su máximo esplendor verde.

No olvides llevar prismáticos y cámara con un buen zoom (no lo fíes todo a la cámara del móvil),

Si puedes estar más de una semana puedes añadir Tarangire o Lago Manyara.

 

Mi Mundo Travel

Una respuesta a “Viajar a Tanzania: un viaje a la esencia de la vida”

  1. Bestial el resumen. Me has dejado con muchas ganas de visitarlo. Tiene que ser soimplemente maravilloso! Mil gracias!

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