Por: Mi Mundo Travel Planner – Beatriz de Miguel
Hay viajes que se disfrutan mientras duran y otros que permanecen en la memoria mucho después de haber terminado.
Un viaje a Argentina pertenece sin duda a esta segunda categoría. En apenas una semana recorrimos algunos de los paisajes más sorprendentes del país: montañas teñidas de colores imposibles, salares infinitos, pueblos cargados de historia, viñedos de altura y una de las ciudades más vibrantes de Latinoamérica: Buenos Aires.
Nuestra aventura comenzó en Salta, conocida como «La Linda», la puerta de entrada al extraordinario norte argentino.

Desde allí nos adentramos en la provincia de Jujuy, exploramos los Valles Calchaquíes y Cafayate, y terminamos descubriendo la energía, la cultura y el carácter inconfundible de la capital argentina.
De Salta a Purmamarca: rumbo al corazón de los Andes
Nos alojamos en el Design Suites Salta, un punto de partida perfecto para comenzar la ruta por el norte del país.
La primera jornada nos llevó por la espectacular Quebrada del Toro, una carretera que asciende gradualmente entre paisajes cada vez más áridos y sobrecogedores.
Tras pasar por Santa Rosa de Tastil, alcanzamos San Antonio de los Cobres, un pequeño pueblo andino situado a más de 3.700 metros de altitud y conocido por ser una de las paradas emblemáticas del Tren a las Nubes.

Desde allí continuamos hasta uno de los lugares más impactantes de todo el viaje: las Salinas Grandes.
El inmenso manto blanco parece extenderse hasta el infinito, confundiendo cielo y tierra en un escenario casi irreal. La intensidad del azul del cielo y el brillo cegador de la sal crean una imagen difícil de olvidar.

El regreso hacia Purmamarca nos regaló otro de los grandes momentos del recorrido. La Cuesta de Lipán serpentea entre montañas hasta superar los 4.000 metros de altitud antes de descender hacia uno de los pueblos más bellos de Argentina.

La jornada terminó en el Hotel Manantial del Silencio, perfectamente integrado en el paisaje andino. Sus jardines, el silencio del entorno y las montañas que lo rodean convierten este alojamiento en un auténtico refugio de tranquilidad.

Terminamos el día cenando y paseando por las calles de Purmamarca bajo un cielo repleto de estrellas.
La Quebrada de Humahuaca y la magia de Hornocal
Pocas imágenes resultan tan icónicas como el Cerro de los Siete Colores iluminado por la luz del amanecer. Para contemplarlo en todo su esplendor madrugamos y nos dirigimos al Mirador Cerro del Porito, desde donde las tonalidades de la montaña se muestran con una intensidad extraordinaria.

La ruta continuó hacia Tilcara para visitar el Pucará, una antigua fortaleza prehispánica que permite comprender mejor la historia y la cultura de los pueblos originarios de la región.

Después hicimos una breve parada en Uquía antes de llegar a Humahuaca, donde aprovechamos para recorrer sus calles y disfrutar de la gastronomía local.
Sin embargo, lo mejor aún estaba por llegar.
Desde Humahuaca tomamos una carretera de ripio que asciende durante unos 45 minutos hasta alcanzar los 4.350 metros de altitud. Allí aparece de repente Hornocal, conocida como la Montaña de los Catorce Colores.

El espectáculo es sencillamente impresionante. Las capas minerales forman una gigantesca pared multicolor que cambia de tonalidad según la posición del sol. Es uno de esos lugares que superan cualquier fotografía y que justifican por sí solos el viaje al norte argentino.
De regreso a Salta hicimos varias paradas, entre ellas el Trópico de Capricornio y la Paleta del Pintor, otro de los grandes tesoros paisajísticos de Jujuy.
Aquella noche descansamos en el Hotel Alejandro I, uno de los establecimientos más reconocidos de la ciudad.
Los Valles Calchaquíes: la Argentina más auténtica
Los siguientes días estuvieron dedicados a descubrir los Valles Calchaquíes, una región donde la naturaleza, la tradición y la cultura conviven en perfecta armonía.
Atravesamos la impresionante Cuesta del Obispo hasta alcanzar casi los 3.800 metros de altitud. Desde allí comenzamos el descenso por la Recta del Tin Tin, una sorprendente carretera completamente recta que atraviesa el Parque Nacional Los Cardones, un paisaje dominado por miles de cactus gigantes.

La siguiente parada fue Cachi, uno de los pueblos más encantadores del norte argentino. Sus calles tranquilas, las fachadas blancas y la iglesia colonial conservan intacta la esencia de otra época.
La ruta continuó hacia Cafayate atravesando la espectacular Quebrada de las Flechas. Las formaciones rocosas, moldeadas durante millones de años por el viento y la erosión, parecen enormes lanzas de piedra apuntando al cielo y crean uno de los paisajes más singulares de toda la región.

Cafayate nos recibió entre viñedos y bodegas. Allí descubrimos la calidad de los vinos de altura, especialmente el Torrontés, variedad emblemática de la zona, y los excelentes Malbec producidos en estas tierras.
Tradición, gastronomía y folklore
Uno de los momentos más especiales del viaje fue compartir una jornada con una comunidad local.
Participamos en la elaboración tradicional de empanadas argentinas, aprendiendo el arte del repulgue, ese característico cierre manual que distingue a cada cocinero.

La experiencia continuó alrededor de la mesa, degustando algunos de los platos más representativos del norte argentino. Probamos locro, un contundente guiso elaborado con maíz, legumbres y carne, además de distintas variedades de empanadas y el tradicional cayote con queso, un dulce típico de la región.

El regreso a Salta nos llevó por la espectacular Quebrada de las Conchas, donde realizamos varias paradas para admirar formaciones naturales tan conocidas como la Garganta del Diablo, el Obelisco, Las Yeseras o Las Tres Cruces.

Esa noche asistimos a una auténtica peña salteña, disfrutando de música folklórica en directo, baile y la hospitalidad que caracteriza al norte argentino.
Buenos Aires: una ciudad que nunca deja indiferente
Tras varios días inmersos en algunos de los paisajes más espectaculares del país, llegó el momento de descubrir Buenos Aires.
Nos alojamos en el histórico Hotel Alvear, situado en el elegante barrio de Recoleta. Su ubicación privilegiada y su atmósfera clásica lo convierten en uno de los grandes iconos hoteleros de la ciudad.
Nuestra primera toma de contacto fue Puerto Madero, el barrio más moderno de la capital donde almorzarnos para dirigirnos por la tarde al nuevo mirador del Obelisco, desde donde disfrutamos de unas magníficas vistas sobre la Avenida 9 de Julio, una de las más anchas del mundo.

El Delta del Tigre y una noche de tango
Al día siguiente cambiamos el ritmo frenético de la ciudad por la tranquilidad del Delta del Tigre.
Un paseo en barco nos permitió navegar entre canales, observar las casas construidas sobre pilotes y descubrir una forma de vida completamente ligada al agua. El contraste con Buenos Aires resulta sorprendente y convierte esta excursión en una visita imprescindible.

Por la noche disfrutamos de una gran noche de tango. Experiencia emocionante que nos permitió comprender mejor el alma del tango argentino.
Despedida de Buenos Aires
Nuestro último día estuvo dedicado a recorrer algunos de los lugares más emblemáticos de la capital.
Visitamos la Floralis Genérica, paseamos por Palermo, recorrimos el Cementerio de la Recoleta y descubrimos la historia y la arquitectura del majestuoso Teatro Colón, considerado uno de los mejores teatros de ópera del mundo.

Continuamos hacia la Plaza de Mayo y la Catedral Metropolitana, donde descansan los restos del General José de San Martín, antes de dirigirnos al colorido barrio de La Boca.

Caminito, con sus fachadas multicolores, artistas callejeros y ambiente popular, ofrece una de las imágenes más reconocibles de Argentina.

Muy cerca se encuentra La Bombonera, templo futbolístico y símbolo indiscutible de la pasión argentina por este deporte.
Antes de despedirnos de la ciudad hicimos una última parada en el Mercado de San Telmo, un lugar perfecto para disfrutar de la gastronomía local y sentir el pulso cotidiano de Buenos Aires.
Poco después emprendimos el regreso a Madrid.
Mientras el avión despegaba, repasaba mentalmente todos los momentos vividos: las montañas multicolores de Jujuy, la inmensidad de las Salinas Grandes, los viñedos de Cafayate, la calidez de sus gentes y la energía inagotable de Buenos Aires.
Argentina nos regaló paisajes extraordinarios, experiencias auténticas y recuerdos imborrables. Un país inmenso, diverso y apasionante que deja una sensación muy clara en quien lo visita: siempre habrá una razón para volver.
Viaje a Argentina