Crucero de lujo por Francia: un viaje entre historia, paisajes y sabores

Facebooktwitterpinterestlinkedinmail

 

Teníamos ganas de adentrarnos un poco en Francia (solo conocíamos París, algo de Bretaña y Cannes); en un principio pensamos en volar, alquilar un coche y recorrer alguna región a nuestro aire, pero hice un curso sobre cruceros de lujo y me abrieron los ojos a sus muchas ventajas.

Nuestro viaje comenzó en Lyon a donde llegamos con un vuelo directo de Iberia; situada en el centro de la región francesa de Ródano-Alpes, es una ciudad vibrante, culta y con una gastronomía que late en cada rincón.

Es la ciudad donde se encuentran el Ródano y el Saona y en esa zona de confluencia de los ríos se ha creado un barrio moderno muy interesante desde el punto de vista arquitectónico.

Allí pasamos un día explorando lo imprescindible: desde el antiguo anfiteatro y la Basílica de Notre-Dame de Fourvière, erguida sobre la colina («la colina que reza», la llaman  los lioneses) con sus mosaicos dorados y vistas que parecen un cuadro,  hasta el Vieux Lyon (barrios de Saint Jean, Saint Paul y Saint Georges), con sus callejuelas adoquinadas, patios renacentistas y las famosas traboules, esos pasadizos secretos que conectan casas y plazas como si fueran túneles del tiempo.

Paseamos por Pesquile, una franja de tierra entre los ríos y conocimos la plaza Tereaux y la place Bellecour.

Otra cosa que hace famosa a Lyon son los grafitties pintados en las casas y por supuesto, mereció la pena la parada.

Lyon nos regaló también un primer festín: un bouchon tradicional, quesos intensos y, cómo no, vinos que adelantaban lo que viviríamos después.

Nos quedamos con la sensación de ser una ciudad que merece una escapada por si misma; sobre todo teniendo vuelo directo.

Embarcamos en nuestro crucero de la compañía Riverside. Desde el primer momento supimos que no sería un simple transporte, sino parte fundamental de la experiencia: un barco íntimo, elegante, con habitaciones pequeñas (por supuesto hay suites mayores), pero luminosas, ventanales que dejaban pasar el paisaje como una película viva y una tripulación atenta a cada detalle. Así comenzó nuestra travesía por el río Saona, adentrándonos en la Borgoña.

Nuestra primera parada fue Mâcon (ciudad donde nació Griezman) que nos dio la bienvenida con su aire tranquilo, su paseo junto al río y ese ambiente que combina la Francia burguesa con el encanto provinciano.

Poco después, una excursión nos llevó al majestuoso Castillo de Cormatin, una joya del siglo XVII.

Sus salones ricamente decorados con techos pintados y muebles de época nos transportaron a la vida cortesana, mientras sus jardines, con estanques y laberintos de boj, nos invitaron a pasear sin prisa.

La tarde fue un salto en el tiempo hasta Brancion, una villa medieval amurallada, silenciosa y mágica, donde caminar entre sus casas de piedra es como recorrer un decorado perfecto para una leyenda.

Conocimos la iglesia de Saint Pierre con unos frescos preciosos, un magnífico mercado del siglo XV y el castillo del siglo X, el monumento más importante de la localidad.

Al caer la noche, la magia continuó con una visita nocturna a Tournus, iluminada con un aura dorada que realzaba la belleza de su abadía románica y sus calles estrechas.

Al día siguiente nos sumergimos en el corazón de la Borgoña vinícola, la famosa Route des Grandes Crus recorriendo colinas con viñedos y encantadores pueblos vinícolas. Todo ello declarado Patrimonio de la Humanidad.

Entre Lyon y Dijon se encuentra Beaune, capital honorífica del vino de la región, descubrimos uno de los monumentos más impresionantes de Francia: el Hôtel-Dieu, el hospital medieval fundado en 1443, con su tejado de azulejos policromados y sus salas que aún parecen respirar historia.

Allí y en una bodega con un patio ideal, por supuesto, nos esperaba una cata de vinos borgoñones: “delicados, complejos, con ese bouquet que solo esta tierra sabe dar”. Esto fue textual lo que nos dijeron. Yo soy incapaz de distinguir los vinos. Solo se si me gustan o no. Y lo que me encanta es el acompañamiento de quesos y embutidos.

Dejamos el Saona para volver a Lyon y adentrarnos en el Ródano. Ese día, y como ya habíamos visitado Lyon, preferimos adentrarnos en la región del Beaujolais, donde los paisajes de colinas ondulantes, cubiertas de viñas, pequeños pueblos y castillos, parecen sacados de una acuarela.

Vivimos una experiencia única en el Château de la Chaize, una bodega familiar con 350 años de antiguedad y uno de los viñedos más antiguos y prestigiosos, donde disfrutamos de una cata privada que nos permitió conocer no solo los vinos, sino también la historia y la pasión detrás de cada botella.

Más tarde, paseamos por Oingt, un pueblo medieval construido en piedra dorada. Sus calles estrechas, balcones floridos y vistas sobre los viñedos, y pese a que llovía, nos regalaron uno de los momentos más bonitos del viaje.

Nuestro crucero continuó hasta Vienne, una ciudad con un impresionante legado romano. Allí nos asombramos ante su teatro antiguo, que aún acoge espectáculos, y el templo de Augusto y Livia, que parece desafiar el paso de los siglos.

Perderse en sus calles fue un viaje entre épocas: desde la Roma clásica hasta la Edad Media, todo envuelto en un ambiente vibrante y cultural. La catedral de San Mauricio es uno de los edificios sagrados más bellos.

En Tournon, a orillas del Ródano, ascendimos hasta su castillo medieval, que domina la ciudad con sus torres y ofrece vistas espectaculares sobre los viñedos de la ribera opuesta.

Desde allí, nos embarcamos en una excursión muy especial: el Palacio Ideal de Ferdinand Cheval, una obra soñada y construida piedra a piedra por un cartero que dedicó 33 años de su vida a materializar su fantasía arquitectónica que realizó solo con sus propias manos.

Cheval tuvo una hija, Alice, para quién hizo este castillo. Caminar por aquel lugar es adentrarse en un universo surrealista, mezcla de catedral, palacio y jardín imaginario y que llamó la atención de artistas como André Breton y Pablo Picasso.

Hay una película sobre la historia de este cartero. En España se tituló “El Palacio Ideal”, aunque su título original es L´incroyable histoire du Facteur Cheval” y está protagonizada por Jacques Gamblin y Laetitia Casta

El viaje siguió hasta Viviers, una pequeña ciudad medieval con calles empinadas y plazas tranquilas, pero lo más impresionante fue la excursión a las cuevas de Chauvet, donde descubrimos pinturas rupestres de más de 30.000 años (lo que se ve es una recreación).

Estar frente a esas imágenes prehistóricas de caballos, osos, mamuts, rinocerontes lanudos, buhos, cabras montesas y leones cavernarios nos hizo sentir diminutos ante la grandeza del arte más primitivo.

Esa noche, el contraste fue absoluto: una elegante visita y cata en Châteauneuf-du-Pape, donde degustamos vinos intensos y complejos, verdaderas joyas que explican la fama de esta denominación legendaria. La verdad es que no se si eran complejos, pero muy ricos,

Finalmente, llegamos a la Provenza francesa. Aviñón nos recibió con el imponente Palacio de los Papas, símbolo del poder medieval de la Iglesia, y con su famoso puente, inmortalizado en canciones y leyendas.

Pasear por sus murallas, plazas soleadas y mercadillos provenzales fue la forma perfecta de cerrar un viaje que había sido un festín de cultura, paisajes y emociones.

A lo largo de todo el recorrido, la vida a bordo del crucero Riverside fue un deleite constante. Cada comida era una celebración de la cocina francesa: platos refinados, vinos seleccionados con mimo y postres inolvidables. Los dulces eran pequeños tesoros, pero la tarta Pavlova merece mención especial: ligera como una nube, delicada y absolutamente deliciosa.

La tripulación, siempre atenta y sonriente, hizo que cada instante estuviera cuidado hasta el mínimo detalle, transformando el viaje en una experiencia de lujo genuino.

Anexo: restaurantes en Lyon

Por si caso alguien se anima a lo de la escapada a Lyon ahí van una serie de recomendaciones gastronómicas (que a mi me hizo un amigo diplomático y del atleti del que me fío y que os transcribo tal cual):

“En Lyon hay que ir obligatoriamente a un bouchon, los restaurantes de comida tradicional lionesa. Hay muchos, la mayoría muy turísticos, pero algunos muy buenos. Mis preferidos son dos: La Meunière, en la rue Neuve (pleno centro) y Daniel et Denise (el de la rue Créqui, en el 3ème; los otros dos son para turistas). Es comida tradicional, digamos“con sustancia”. Si se quiere algo más ligero y moderno hay muchas opciones, en general bastante más caras, claro.

Más modernos y en estilo informal, pero con precios razonables, estarían Le cochon qui boit o La Bonâme de Bruno, ambos en el centro.

Por último, subiendo en sofisticación (y desde luego en precio): le Neuvième Art, Takao Takano, La Table 101.

Un escalón más arriba, La Mère Brazier y L’Auberge de Collonges de Bocuse, pero ahí ya nos vamos a la estratosfera, en calidad y precios”.

Que aproveche!!

Deja una respuesta